Vos deseo querid@s amig@s felices fiestas

domingo, 27 de marzo de 2011

Noriega Agüera, José I

Este cantante, uno de los grandes de la canción asturiana, nació en El Busto (pueblo del concejo o municipio de Villaviciosa) el 24 de julio de 1920 y falleció en Gijón el 16 de marzo de 2006, a los 85 años de edad. Casado con María Mercedes Menéndez Blanco, tuvo cinco hijos: María José, María Teresa, Javier, Juan Carlos y Paloma Noriega Menéndez.
Nacido en el seno de una familia muy aficionada a la tonada, con grandes intérpretes como su madre o su hermana Nieves, José Noriega fue, según el experto Carlos Menéndez Jeannot, «un número uno, con una voz impresionante, que hizo, a su manera, algunas innovaciones en la tonada».
En 1955 un jurado compuesto por grandes figuras (Chuchichi y Vicente Miranda, entre ellas) le proclamó campeón de la canción asturiana en el concurso del diario Región de Oviedo. Poco tiempo después participó y ganó el concurso de Radio Madrid de canciones regionales de España, recibiendo el elogio de la prensa madrileña, que lo definió como «el hombre de los cuatro pulmones».
Noriega, célebre por su magistral interpretación de canciones como Hay una línea trazada (su canción más popular), Ay de mí que me oscureceVas facer una llamarga y otras a las que puso letra, actuó en toda Asturias y también en América, donde alcanzó tanta fama que fue patrocinado por puros y otros productos. En marzo de 1957 pasó a formar parte, como cantador, del grupo Coros y Danzas El Pericote, de Llanes, para actuar en representación de Asturias en el Palacio de Deportes de La Habana (Cuba). En 1960 hizo una gira en Argentina (La Patagonia, Puerto Deseado, Río Gallego...) con el gaitero mayor José Remis Ovalle —otra gran figura de la música tradicional—, gira exitosa que acabó prolongándose tres años más y le llevó a otros países, como Chile, Cuba y México. Además, grabó casi un centenar de canciones con destacadas multinacionales.
En 1993 recibió un gran homenaje del prestigioso Concurso y Muestra de Folclore Ciudad de Oviedo, de cuyo jurado fue miembro después. En la capital ovetense tiene una calle con su nombre.
Noriega perteneció a la Asociación de Intérpretes de Canción Asturiana (AICA) desde su fundación en 1990, primero como intérprete y luego como socio colaborador.


sábado, 26 de marzo de 2011

CONCHA MENDEZ

Poeta española nacida en Madrid en 1898.
Se educó en un colegio francés cuya influencia se observó en sus primeros versos. Durante la primera guerra mundial 
conoció a Luis Buñuel quien contribuyó a su conocimiento del Siglo de Oro.
Amiga de García Lorca y Rafael Alberti, frecuentó reuniones, lecturas poéticas y exposiciones con la joven generación 
artística de los años treinta.
En 1926 publicó su primer libro, «Inquietudes», dos años después, «Surtidor» y «Canciones de mar y tierra» en 1930. 
La segunda etapa de su obra está marcada por su matrimonio con el poeta Manuel Altolaguirre, su maternidad, el exilio 
y su posterior separación matrimonial.  «Vida a vida» , «Niño y sombras» y «Lluvias enlazadas», son los tres poemarios 
que forman parte de esta etapa.
En 1944 se radicó en México hasta su muerte en 1986






En una tarde, como tantas tardes...
En una tarde, como tantas tardes,
y en un gran parque de ciudad lejana,
para evadirse del rumor ajeno
conmigo misma paseando estaba.

Era el frescor intenso, se veían
sobre los verdes las señales de agua,
agua primaveral que da a la tierra
cierta sensualidad que nos exalta.

En un remanso del florido parque,
junto a un banco de piedra verde y blanca,
un gran rosal lucía en la penumbra
-la tarde ese momento declinaba-.
Me senté a reposar y ancho perfume
sentí que en mis sentidos se adentraba.
y se me vino al alma extraña angustia.
El ala de un recuerdo aleteaba...
¡Ah, sí, ya. sé!... ¡Perfume de unas rosas!...
¡Otro país!... ¡El mío!... ¡Ya llegaba
a comprender por qué!...
                              ¡Era en sus brazos
donde un perfume igual yo respiraba!

domingo, 20 de marzo de 2011

ESTA ASTURIANA AMIGA VOS DESEA FELIZ ENTRADA DE PRIMAVERA Y VOS REGALA UNA ROSA

Carmen Conde

(Cartagena, 1907 - Majadahonda, 1996) Poeta y narradora española cuya obra lírica suscribe las propuestas de la poesía existencial de los años treinta. Considerada la mejor representante femenina de su generación, tras publicar sus primeros poemas en las revistas Ley, Sí y Diario poético, de J. R. Jiménez, en 1929 publicó Brocal, libro que reúne poemas en prosa, cuyas metáforas de delicada factura y original imaginación motivaron el elogio de la crítica del momento.
Su poética se articula sobre la base de una tensión interior que aflora a través de la pasión por la vida y el sentimiento amoroso. Su relación con el poeta Antonio Oliver, con quien se casó en 1931, contribuyó a consolidar su personalidad poética, que se tradujo en una intensa actividad creadora. En 1933 fundó la revista Presencia, y por esa misma época conoció a la chilena Gabriela Mistral, quien prologó su siguiente poemario en prosa, Júbilos, editado al año siguiente e ilustrado por la pintora argentina Norah Borges. Mistral puso de relieve "la sinceridad, la sobriedad, no sé qué virginidad de la emoción y de la frase..." en la expresión de la autora.
Tras la guerra civil, en la que ella y su marido habían tomado partido por el bando republicano, se vio obligada a instalarse en Madrid, donde fue vecina de Vicente Aleixandre, y a publicar con los seudónimos de Florentina del Mar y Magdalena Noguera o en ediciones particulares. Aun en estas condiciones, libros como Pasión del verboHonda memoria de mí, Signo de amor, Ansia de la gracia, Una palabra tuya,entre otros, tratan el amor de un modo que hace dudar a Dámaso Alonso que haya otra mujer que lo haya hecho con "tanta verdad, con tanta despreocupada castidad esencial, con tan sobrecogedora belleza".
En 1967 la publicación de Obra poética 1929-1966 le valió el Premio Nacional de Literatura. Paralelamente, y en ocasiones con la colaboración de su marido, escribió libros infantiles, por los que en 1987 recibió también el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Asimismo escribió varias novelas: En manos del silencio (1950), Las oscuras raíces (1953), A este lado de la eternidad (1970) o Soy la madre (1980), en las que junto a la tendencia psicológica predomina el tono poético de su prosa. En 1978 se convirtió en la primera mujer que ingresó en la Real Academia de la Lengua Española.

Adolescencia
En el Alba de su vida el deseo
le surgió en su boca la sonrisa
por hallarse ante el amor.
Era niña que vivía hasta en sueños
su ardor, y la sangre palpitaba
al hallarse con su amor.
Sin el Alba ni en la Tarde
ella un día preguntó:
Si posible era guardar
aquel su primer amor.

Ausencia del amante
He vuelto por el camino sin hierba.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.






sábado, 19 de marzo de 2011

Josefina de la Torre Millares

Josefina de la Torre Millares nace en 1907 en Las Palmas de Gran Canaria, ocupando el sexto lugar de los hijos de Bernardo de la Torre Comminges y Francisca Millares. Comienza a desarrollar sus inquietudes artísticas desde muy niña: a los siete años compone sus primeros versos, dedicados a Galdós y a los trece crea el Teatro Mínimo, experiencia que dirigió su hermano Claudio. A los 17 viaja por primera vez a Madrid y tres años después, en 1927, publica su primer poemario,Versos y estampas, con prólogo de Pedro Salinas. Entrada la década de los treinta se instala definitivamente en Madrid y consolida su incesante actividad multiartística: comienza su trabajo de actriz de doblaje destacando su papel como “la voz en español” de Marlene Dietrich, reanuda su amistad con Buñuel, realiza conciertos musicales y continúa su quehacer literario con la publicación de Poemas de la isla y sus aportaciones a La Novela Ideal, colección en la que publica con el pseudónimo de Laura de Comminges.

En los años cuarenta se convierte en primera actriz del Teatro Nacional María Guerrero e inicia su periplo cinematográfico como actriz con el rodaje de siete películas, algunas dirigidas por su hermano Claudio de la Torre. En 1944 pasa a ser primera actriz del Teatro Invisible de Radio Nacional, donde permaneció trece años. Poco después funda la Compañía de Comedias Josefina de la Torre con la que lleva a escena quince obras. En la década de los cincuenta se decanta por el teatro de cámara, pasando por cuatro importantes compañías de esta modalidad escénica y en 1954 publica dos novelas: Memorias de una estrella y En el umbral.

A partir de 1960 comienza el esplendor de su actividad teatral compartiendo tablas con grandes de la escena de aquellos años y figura en el elenco de la primera versión española del musicalSonrisas y lágrimas, representado en el Teatro de la Zarzuela. Asimismo, en 1968 publica su tercer poemario, Marzo incompleto.

Ya en su madurez, en 1989, se publica su obra reunida bajo el título Poemas de la isla y en los últimos años del pasado siglo se edita una antología bilingüe en Estados Unidos. En el año 2000 es nombrada miembro de honor de la Academia Canaria de la Lengua y un año después la Associated University Press de Nueva York publica un ensayo donde se incluye a Josefina como una de las cinco poetas españolas más relevantes de los años veinte y treinta.

En 2002 el Gobierno de Canarias le concede la Cruz de la Orden de las Islas Canarias. Ese mismo año, el 12 de julio, fallece en su casa de Madrid.






Josefina de la Torre,   España, 1907


Tú en el alto balcón...

Tú en el alto balcón de tu silencio,
yo en la barca sin rumbo de mi daño,
los dos perdidos por igual camino,
tú esperando mi voz y yo esperando.

Esclavo tú del horizonte inútil,
encadenada yo de mi pasado.
Ni silueta de nave en tu pupila,
ni brújula y timón para mis brazos.

En pie en el alto barandal marino
tú aguardarías mi llegada en vano.
yo habría de llegar sobre la espuma
en el amanecer de un día blanco.

Pero el alto balcón de tu silencio
olvidó la señal para mi barco.
Y me perdí en la niebla de tu encuentro
–como un pájaro ciego– por los años.



domingo, 13 de marzo de 2011

RAMON MENENDEZ PIDAL


 (1869-1968)

Filólogo y historiador español, nacido en La Coruña el 13 de marzo de 1869 y fallecido en Madrid el 14 de noviembre de 1968.
De padres asturianos, fue el quinto de sus hijos. Durante su infancia y juventud, sigue los pasos de su padre, magistrado, por diversas ciudades españolas: Oviedo, Valladolid y Albacete, donde iniciará el bachillerato, así como Madrid y el destino final del padre en Burgos, donde moriría en 1880. En 1883, la familia se traslada a Madrid, donde reciben el apoyo y la protección de los primos de su madre, Luis y Alejandro Pidal y Mon, segundo marqués de Pidal este último. Ya en Madrid, decide estudiar Filosofía y Letras, bien que, por imperativo familiar, se vea obligado a cursar a la vez la carrera de Derecho. Durante su carrera, tuvo gran importancia en el que sería posterior desarrollo de su obra el descubrimiento de la obra de Milá y Fontanals De la poesía heroica popular castellana que le mostró un método mucho más rigurosos y científico que el que imperaba en la universidad madrileña de mano de profesores brillantes pero superficiales como Sánchez Moguel, con cuya estrechez de miras hubo de tropezar el joven investigador en sus primeros años. Son los años en los que descubre en la biblioteca del Ateneo libros que, como la Gramática de las lenguas romances de Federico Díez o la Gramática de Meyer-Lübke, eran desconocidos o despreciados en la universidad pero que le descubren el comparatismo como método de investigación y los frutos que, en el estudio de la lengua y la literatura española, había dado ya de la mano de numerosos investigadores de toda Europa, especialmente alemanes en tanto. Mientras, nuestros estudios lingüísticos permanecían en manos de aficionados y la universidad permanecía en un estado de languidez casi moribunda.
El único aliento desde dentro del mundo académico vendrá de la mano de Marcelino Menéndez y Pelayo del que fue alumno circunstancialmente durante la licenciatura, aunque no sería hasta los años de doctorado cuando trabaría conocimiento más profundo con el que habría de considerar su maestro definitivo. Con todo, el método de ambos difería sustancialmente en el punto de vista, toda vez que, frente al hispanismo exacerbado del santanderino, Menéndez Pidal será partidario de un enfoque romanista más amplio de miras que el del anterior.
En 1892, se doctoró con un trabajo sobre las fuentes de El Conde Lucanor que nunca lo satisfizo dado que hubo de llevarlo a cabo casi sin dirección, toda vez que Sánchez Moguel apenas le prestaba atención. Fue un trabajo utilizado como base de investigaciones posteriores, toda vez que, cuando pensaba reescribirlo, ajeno ya a la vigilancia de Sánchez Moguel, la Real Academia convocó, ya en 1893, un premio al mejor estudio sobre el Cantar de Mío Cid, premio al que se presentó y en el que resultó vencedor con un trabajo que no se ha llegado a publicar en su estado original y que se conserva, al parecer, en la Academia. Con todo, sin duda el material que incluyese aquel estudio inicial fue utilizado como base de la magna investigación que sobre el Cantar realizaría en años posteriores. En la preparación de este estudio será fundamental la influencia de las obras de Gaston Paris y Leite de Vasconcellos, que le muestran una perspectiva más amplia que la utilizada hasta entonces en España. Mientras, logra un trabajo como funcionario en la Dirección General de Enseñanza que le permite ayudar económicamente a su familia. En 1893 Menéndez y Pelayo le abre las puertas de su biblioteca de Santander, donde lo invita a investigar. Ello afianzará la amistad entre ambos. En estos años, participa en la Escuela de Estudios Superiores del Ateneo madrileño con unas conferencias sobre Los Orígenes de la Lengua Castellana que le valieron duras e injustas críticas de Clarín, enfrentado políticamente con la familia de Menéndez Pidal, especialmente con su hermano Juan, representante en Oviedo de los personajes ultramontanos a los que criticaba en La Regenta.
En 1896 ve la luz su primer estudio: La Leyenda de los Siete Infantes de Lara, que recibirá al año siguiente el premio al talento de la Academia de la Historia, y en 1898 el Catálogo de las Crónicas Generales de España, un intento de establecer un árbol genealógico de cincuenta y cuatro textos de la Crónica alfonsí. De 1898, aunque ampliada en la nueva edición de 1917, es también la Antología de prosistas castellanos, que conoció un éxito editorial sin precedentes, dada la carencia de publicaciones de este tipo en España, y la primera contribución del joven investigador a una revista especializada extranjera: la Revue Hispanique, recientemente fundada en París, a la que contribuye con el artículo "El Poema del Cid y las Crónicas generales de España". Asimismo fue 1898 la fecha de la primera edición paleográfica del Cantar de Mío Cid. A éstos siguen, en 1899, sus Notas para el romancero del Conde Fernán González, con las que amplía el estudio del romancero e inicia su trabajo sobre la leyenda de los orígenes de Castilla.
Por estos años, comienza a tratar a María Goyri, joven filóloga con la que se casará en 1900, apartándose del rumbo que pretendía imponerle su tío Alejandro, quien le preparaba una boda con una rica heredera y pretendía hacer de él el intelectual del partido conservador a la sombra de Menéndez y Pelayo. De su matrimonio nacerán tres hijos: Ramón, muerto en 1908 en la casa de vacaciones de El Paular (Madrid), Gonzalo y Jimena. El poco apego del joven investigador a la vida mundana, así como su visión ajena al nacionalismo exagerado de los conservadores, lo apartan de los senderos políticos por los que se había movido su familia. Al tiempo, su flexibilidad de ideas le permitió mantener larga y profunda amistad con Unamuno, tan distante de él en carácter y formación como en método de trabajo. En 1899, había obtenido la cátedra de Filología Comparada (latina y española) en la Universidad Central de Madrid y en 1902, ingresó en la Academia, institución de la que fue director en 1925 y 1947, tras ser apartado de ella en 1939. En el mismo 1902, el descubrimiento de un nuevo manuscrito del Poema de Yuçuf le lleva a realizar una edición que mejora la anterior de Morf y Schmitz y que, con su modestia habitual, decidió subtitular "Materiales para su estudio".
En 1907, se creó la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas que proporcionó medios a numerosos investigadores de las ramas más variadas de las ciencias humanas. De ella formó parte desde su constitución (primero con rango de vocal y, desde 1910 hasta 1930, como vicepresidente) así como del Centro de Estudios Históricos, creado en 1910 como organismo dependiente de la Junta, desde el que impulsaría todas las ramas de la filología así como la historia y sus disciplinas afines. Ambos organismos permitirían completar al maestro su labor docente y crear toda una escuela. Desde el comienzo, Menéndez Pidal compatibilizó las direcciones del Centro y de la sección de Filología. Las primeras líneas de investigación del nuevo organismo fueron la dialectología, la fonética y la documentación necesaria para el estudio de la lengua medieval, la literatura anterior al XVI y la de los Siglos de Oro, con atención especial al Romancero y al teatro. En 1914, comienza a publicarse dentro del Centro la Revista de Filología Española, en la que colaboran, desde los primeros números, Gili Gaya, Sánchez Cantón, Américo Castro, Navarro Tomás y García Solalinde, así como el mejicano Alfonso Reyes, uno de los primeros alumnos extranjeros del Centro. Durante veintitrés años, fue Menéndez Pidal la cabeza visible de la Revista, bien que no trabaje a fondo en su organización, absorbido por una labor investigadora tan amplia como importante. Con todo, su participación será activa y constante en la revista, como lo muestra la serie de artículos que publica entre 1914 y 1916 con el título de Poesía popular y romancero.
En 1912, ingresa en la Academia de la Historia, aunque no leerá el discurso hasta 1916. Son años de trabajo infatigable y de reconocimiento internacional; la década que va de 1904 a 1914 afianza la figura de Menéndez Pidal como cabeza visible de la filología hispánica tras las muertes de Rufino José Cuervo, Menéndez y Pelayo, Lenz y Hanssen. Así, honores como el de ser nombrado Comisario del rey en el conflicto de fronteras entre Perú y Ecuador en 1904 o el encargo de dirigir la sección de filología de la revista Cultura Española, publicada entre 1906 y 1909. En 1913 fue nombrado consejero especial del Ministerio de Instrucción Pública, honor al que acompañan, en el mismo año, la Medalla de Plata de la Hispanic Society de Nueva York (al acudir a los Estados Unidos a dar varias lecciones magistrales en las universidades John Hopkins y Columbia, entre ellas la leída y publicada en francés L'épopée castillane à travers la littérature espagnole) y la recepción en la Accademia dei Lincei de Roma. En 1914 el Centro publica la edición facsímil del Cancionero de Romances impreso en Amberes entre 1547 y 1549. Asimismo, durante la Segunda Guerra Mundial, visita por dos veces París, dentro de una comisión de intelectuales españoles que apoyaban la causa aliada.
En 1919, al cumplir los cincuenta años, es elegido presidente del Ateneo madrileño y en 1925, con motivo de sus veinticinco años como catedrático, el Centro de Estudios Históricos le brindó un homenaje en el que colaboraron más de 130 lingüistas y filólogos de todo el mundo. En 1927, sufre un desprendimiento de retina en el ojo derecho que lo obligará al reposo y le hará perder la vista en dicho ojo. Fruto de dicha ceguera será la Flor nueva de Romances viejos (1928), recopilación que ha supuesto el primer acercamiento al romancero para generaciones enteras de estudiantes hasta el inicio de recopilaciones posteriores como las de Di Stefano, Alvar o Díaz Roig, preparadas con criterios más modernos.
Hasta 1936, su prestigio no hace sino crecer: desde el Centro de Estudios Históricos dirige numerosos trabajos y va creando escuela y se le otorgan numerosos honores. Asimismo, su valiente carta abierta a Primo de Rivera, firmada y publicada en solitario con motivo de la clausura de la universidad de Madrid en 1929, le acarreó numerosas simpatías. Del mismo modo, su enfrentamiento con Rovira, partidario de una república federal y catalanista extremo, llevaron a que se lo considerara como posible candidato a la presidencia de la República, candidatura que rechazó, así como el acta de diputado que se le ofreció. Su actividad política se había reducido a la de un ciudadano particular que interviene con su opinión en los asuntos de estado cuando estos afectan a su labor profesional. Sí que intervendrá, en cambio, en la creación de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, de la que será secretario su discípulo Pedro Salinas. Asimismo, presidirá la Junta de Relaciones Culturales, dependiente del Ministerio de Estado. Al tiempo, prosigue su labor investigadora y prepara reediciones de trabajos ya agotados y atrasados como el inicial La leyenda de los Siete Infantes de Lara, que ve la luz en 1934. El estallido de la guerra civil lo encuentra en Madrid, donde permanece hasta que consigue permiso para viajar a Burdeos con su familia. Desde allí, tras ocupar durante dos meses una cátedra, acepta la invitación de la Universidad de La Habana para pronunciar una serie de conferencias y ocupar la cátedra de Historia de la Lengua Española. En 1937, se traslada a Columbia, siempre triste por la situación española y siempre deseoso de evitar a ambos bandos, lo que le llevó a romper formalmente con la causa republicana. En 1938, se encuentra en París, donde reanuda sus investigaciones en la biblioteca de La Sorbona.
Tras la guerra, vuelve a Madrid, donde recibirá un trato desigual, toda vez que será sometido al Tribunal de Responsabilidades Políticas y apartado de la dirección de la Academia hasta 1947 por negarse a realizar el juramento en el Instituto de España al que se obligaba a todos los académicos. Con muy diferente actitud, la Academia de la Historia lo ayudó en el cumplimiento de trámite tan enojoso como desagradable para el ya anciano investigador. Los últimos treinta años de su vida, los pasó trabajando de forma infatigable en su casa de Chamartín, sede en la actualidad del Seminario Menéndez Pidal, dirigido por su nieto Diego Catalán, donde recibía las visitas de colaboradores y alumnos. Con todo, recibió desaires como la suspensión por orden gubernativa, en 1947, del acto en el que se lo iba a nombrar hijo predilecto de La Coruña o los ataques de que fue objeto, entre ellos uno particularmente sañudo del profesor Entrambasaguas, por su escasa ortodoxia política y su tendencia a la reconciliación, palpable en la abundante correspondencia con Américo Castro, que se contradicen con hechos como la publicación a cargo del CSIC de siete tomos de Estudios dedicados a Menéndez Pidal que vieron la luz entre 1950 y 1962 como homenaje en sus ochenta años. En estos últimos años, debe enfrentarse, además, a la muerte de discípulos como Amado Alonso, la de su esposa, que fallece en 1954 o la de su yerno, Miguel Catalánque muere de forma repentina en 1956. En 1965, sufre una trombosis que lo deja medio paralizado, bien que consciente, y de la que nunca se recuperará por completo. Falleció en su casa de Madrid el 14 de noviembre de 1968.
Obra
Su figura alcanzó un relieve internacional suficiente como para sacar de su decadencia a la filología española. En este aspecto, Menéndez Pidal, auxiliado tan sólo por la biblioteca del Ateneo madrileño y el magisterio indirecto de Milá y Fontanals, introdujo el comparatismo en la universidad española, corriente que, todavía a finales del XIX era una completa desconocida entre nosotros. Hasta el final de sus días, su cosmopolitismo, fruto de las investigaciones comparatistas, fue constante en el enfoque de su trabajo.
Su método se caracterizó por el rigor en la sistematización de datos y la búsqueda de un estilo que permitiera una comunicación fácil, alejado tanto de la sequedad científica de Milá y Fontanals como del exceso retórico de filólogos como Gayangos, Cotarelo o el propio Menéndez y Pelayo. Con todo, su principal mérito fue el de establecer una obra que sigue sirviendo como base de investigaciones posteriores que la amplían, corrigen o matizan, superada ya la leyenda blanca que, como señaló Malkiel, envolvía la figura del don Ramón imposibilitando cualquier crítica o retoque a una obra que se consideraba punto menos que sagrada. Muy al contrario, los últimos años han conocido una moda de desprestigiar por sistema la obra de Menéndez Pidal, incluso por parte de aquellos que bebían en las fuentes por él allegadas, que parece remitir al calor de investigaciones como las mencionadas de Samuel Arminstead o de Francisco Márquez Villanueva.
Desde sus primeros trabajos, la figura de Menéndez Pidal destaca por el hecho de fundir las características y los conocimientos propios del historiador, el paleógrafo y el filólogo en disciplinas tales como la etimología, la métrica, la toponimia o la gramática histórica. Con todo, se le ha criticado el excesivo apego a una serie de temas, bien que tal crítica prescinda del constante apoyo brindado a numerosos discípulos que trabajaban en áreas ajenas a las de su propia línea investigadora. Como maestro, su labor crítica se caracterizo por el rechazo del dogmatismo y de la crítica destructiva, lo que alentó a numerosos investigadores a embarcarse en proyectos ambiciosos que tomarían cuerpo en nuevas líneas de investigación. En su estela se sitúan figuras tan sobresalientes en el campo de la filología como dispares entre sí, prueba de la flexibilidad de Menéndez Pidal en el trato. Son investigadores de la talla de Tomás Navarro Tomás, Federico de Onís (los dos primeros discípulos Centro), Américo Castro (con el que mantuvo constante correspondencia hasta sus últimos días y cuya presencia añoró desde el exilio de éste), Amado Alonso, Antonio García Solalinde, Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Samuel Gili-Gaya, Rafael Lapesa, Juan Corominas, Vicente García de Diego, Marcel Bataillon o Miguel Asín Palacios, entre otros muchos. Asimismo, dentro de su propia familia, su nieto Diego Catalán y su sobrino-nieto Álvaro Galmés de Fuentes figuran entre los discípulos del gran investigador. Por otra parte, a través de su obra y más allá de su muerte, su figura informa el método de investigadores actuales de la talla de Samuel G. Arminstead, que ha llegado a demostrar muchas de las hipótesis que Menéndez Pidal se limitara a indicar, tales como el parentesco entre la épica y la balada germánica y la española.
Del mismo modo, es preciso tener en cuenta su aportación a campos de los que todavía hoy sabemos poco, como es el de las crónicas en el que se ha avanzado poco desde sus ya casi centenarios trabajos, desidia que, obviamente, no se puede cargar en su cuenta, sino en la de las generaciones posteriores. Desde sus tempranas Crónicas Generales de España (1898), patrocinadas por la Casa Real, siguiendo por la primera edición de la Estoria de España alfonsí, a la que Menéndez Pidal dio el inexacto pero explicativo título de Primera Crónica General de España, que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo Sancho IV en 1289, publicada en 1906, y en la que trató de dar un texto lo más aproximado al inicial de una obra casi completamente desconocida hasta el momento, a pesar de su conciencia de ser tarea que precisaría de revisión y de corrección posterior. De acuerdo con ello, fue dicha obra la primera en ser editada por el Seminario Menéndez Pidal en 1955, dentro de su costumbre de corregir y actualizar los trabajos que habían quedado atrasados.
Con todo, lo más conocido de los estudios pidalianos es el conjunto de trabajos dedicados al Cantar de Mío Cid y, en general, a la épica española. En ellos plantea para la épica un origen popular, similar al de las baladas germánicas, identificadas con el romancero, que se habría plasmado en la composición de cantos noticieros cercanos a los hechos narrados que habrían permanecido en la memoria del pueblo mediante la recitación, en lo que Menéndez Pidal llamó "estado latente". En esta latencia, tuvieron papel fundamental los juglares, que difundieron dichos cantos y les infundieron su estilo peculiar, adecuado a la recitación memorística, dada la escasa difusión de le escritura. El texto permanecería, por tanto, en la memoria colectiva, bien que no de una forma estática, sino con variantes propias de cada recitador que, por otra parte, no debían llegar a distorsionar la base del relato. Ello otorgaba a cada recitación un carácter único y, necesariamente, efímero. Posteriormente, los cantares fueron fijados por escrito bien por su importancia intrínseca, así el Cantar de Mío Cid, bien por considerarse material adecuado para la redacción de crónicas, en las que con frecuencia se prosificaban fragmentos de cantares sin disimular siquiera las asonancias. Ello llevó a Menéndez Pidal a dos conclusiones de carácter muy diferente: la historicidad de los cantares, harto discutible hoy día, y la antigüedad de la épica, y de las literaturas románicas con ella, que se remontaría mucho más atrás en el tiempo de lo que demuestran los textos conservados.
Estos textos, por otra parte, no serían sino excepciones de lo que fue un universo literario básicamente oral que sólo nos ha llegado parcialmente. Frente a la teoría colectiva y tradicional, varias voces (singularmente la de Bédier) defendieron la existencia de un autor culto que produjo el poema probablemente al calor de unas circunstancias sociales concretas, relacionadas por lo común con las necesidades económicas de los monasterios. La cuestión del autor único, defendida en los últimos tiempos por Colin Smith con tanto denuedo como falta de base científica, cuenta, en cambio, con el problema de la escasez y la dispersión de los textos (habitual en el estudio de las épocas de orígenes) que impiden una certificación de la autoría personal y única. Por tora parte, se puede achacar a la teoría pidaliana un exceso en la reconstrucción de cantares a partir de romances y prosificaciones que iría, también por lo escaso y disperso de los textos, más allá de lo permisible científicamente hablando.
Dentro de la obra de Menéndez Pidal cabe distinguir tres facetas: la lingüística, la de análisis y reconstrucción textual y la literaria e histórico-cultural. En el aspecto estrictamente lingüístico, sus obras maestras son los Orígenes del Español. Estado Lingüístico de la Península hasta el siglo XI (1925, ampliado en 1950), primera parte de una Historia de la lengua española en la que trabajó durante años y que quedó, finalmente, inconclusa, donde publica gran cantidad de textos sobre los primeros tiempos de nuestra lengua, desde las propias Glosas, a los que acompaña un pormenorizado análisis de los testimonios lingüísticos que aportan tales textos, y el Manual elemental de gramática histórica española (1904, ampliado en sucesivas ediciones hasta la de 1940 y que desde la sexta se conoce como Manual de Gramática Histórica), en el que sistematiza por vez primera los elementos que constituyen la lengua española desde un punto de vista histórico, que ponen de manifiesto todos ellos el rigor de su método y la separación definitiva de la filología moderna respecto del estilo retórico y ampuloso de los maestros del XIX, que aún había de perdurar en la obra de otros investigadores. Otros trabajos que afectan al mismo campo son el inicial "Notas sobre el bable hablado en el Concejo de Lena", artículo publicado en 1899 que abre la larguísima lista de libros, artículos y comunicaciones que llegaría hasta 1965; Documentos lingüísticos de España, I: Reino de Castilla (1919), colección en la que sería auxiliado para sucesivas entregas por Navarro Tomás en los referentes al Reino de Aragón; Toponimia Ibero-vasca en la Celtiberia (1950); Toponimia prerrománica hispana (1952-53), El Dialecto Leonés (1906, bien que reeditado y actualizado en 1962), así como varios volúmenes que recopilan trabajos de menor envergadura, como los que integran El idioma español en sus primeros tiempos o La lengua de Cristóbal Colón, ambos de 1942; Estudios de lingüística o En torno a la lengua vasca (1962).
Dentro de la segunda vertiente, la dedicada al análisis e interpretación de textos, es preciso citar en primer lugar su seminal trabajo sobre el Cantar de Mío Cid (1908-1911), ampliación del premiado por la Academia, que conocería sucesivas revisiones a lo largo de la vida del estudioso y en cuyo estudio incluye un apartado lingüístico digno de ser parangonado con los trabajos ya mencionados. Anteriores son La Leyenda de los Siete Infantes de Lara (1896), su primer estudio, al que siguieron las ediciones de la Disputa del alma y el cuerpo y el Auto de los Reyes Magos (ambos en 1900); el Poema de Yuçuf (1902); la Razón de Amor (1905); El Romancero Español (1910); la ya mencionada Flor Nueva de Romances Viejos (1928); Tres Poetas Primitivos. Elena y María, Roncesvalles, Historia Troyana Polimétrica (1948), de los cuales Roncesvalles y Elena y María lo habían ocupado ya en artículos publicados en la Revista de Filología Española; Antología de prosistas españoles (1899 y 1928); Crestomatía del español medieval (1965-66), publicada durante su última enfermedad y redactada en equipo, a partir de los materiales allegados por don Ramón, dirigido por Rafael Lapesa o la por él llamada Primera Crónica General (1955), primera publicación del Seminario Menéndez Pidal.
Finalmente, de la tercera vertiente son estudios como El Cantar del Cid, la epopeya castellana a través de la literatura española (1910), Poesía juglaresca y juglares (1924), libro que supuso un importante avance dentro del campo de la literatura comparada y que recibió un nuevo título en su sexta edición (1957): Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas románicas; Historia y epopeya (1934), La España del Cid (1929); De Cervantes y Lope de Vega; Poesía árabe y poesía europea; De la primitiva lírica española y antigua épica; Los españoles en la literatura; Los Reyes Católicos y otros estudios; Idea imperial de Carlos V, sin duda una de las páginas más endebles y menos afortunadas del grandísimo investigadorque fue Menéndez Pidal, al tiempo que uno de los trabajos que más han perjudicado a su imagen; El Imperio Hispánico y los cinco reinos; dos épocas de la estructura política de España (1950), trabajo que no está a la altura de los mejores del autor en el que estudiaba la época de Alfonso VII como un intento de restaurar el antiguo imperio leonés y de mantener la unidad de la comunidad hispánica. La obra fue duramente criticada por Vicens-Vives. Posterior es La "Chanson de Roland" y el neotradicionalismo; orígenes de la épica románica (1959), tardío pero excelente testimonio de su infatigable trabajo y de su lucidez crítica que muestra la perspectiva románica que alumbró siempre su trabajo, incluso en momentos tan poco proclives al internacionalismo dentro de España, y su firmeza frente a los ataques de los bedieristas, partidarios de la autoría individual de los poemas épicos. Dedicó, asimismo, Menéndez Pidal varios estudios a la figura del Padre Las Casas, tales como El Padre Las Casas (1962), El padre Las Casas; su doble personalidad (1963) o El Padre Las Casas y Vitoria.
Otros estudios de interés son Los Reyes Católicos y otros estudios (1962); España, eslabón entre la Cristiandad y el Islam y un largo etcétera en la que se sitúan, además, numerosísimos artículos y conferencias publicados a lo largo de toda su vida. En la faceta histórica, se inclina Menéndez Pidal por el estudio de tipo histórico frente a la preocupación estética, casi desdeñada en sus trabajos sobre el Cantar de Mío Cid.
Además de su brillantísima carrera como filólogo, en su faceta como historiador Menéndez Pidal inició en 1927 la Historia de España, un ambicioso proyecto cuyo propósito era "hacer la historia de un pueblo, no de héroes, de reyes o de batallas". La ambiciosa colección sufrió diversas interrupciones y Menéndez Pidal sólo llegó a ver publicados doce tomos, desde 1935 hasta su muerte. Dirigida desde 1975 por José María Jover Zamora, finalmente esta obra colectiva, en la que trabajaron más de cuatrocientos autores, se cerró en 2004 con la  publicación de los tres últimos tomos. En total, la Historia de España consta de cincuenta mil páginas y cuenta con veinte mil ilustraciones.

sábado, 12 de marzo de 2011

XOVELLANOS Y XOVE RAMÍREZ, Xosefa

  
(1745–1807)

Xosefa de Xovellanos y Xove Ramírez yera la última hermana del gran ilustráu Gaspar Melchor de Xovellanos. Xixonesa ella tamién, nació’l 4 de xunu de 1745, casó con Domingo González de Argandona, procurador xeneral en Corte del Principáu d’Asturies. Treslladóse d’aquella a vivir a Madrid, onde avezaba visitar al propiu Campomanes, que la introduz nos ambientes más distinguíos de la Corte.
   Tuvo Xosefa de Xovellanos tres fíos: dos (Vicenta y Isabel) morrieron siendo rapacines y un neñu póstumu que nació y morrió a los pocos díes qu’el padre, cuando ella nun tenía más que ventiochu años. Toes estes desgracies fueron alloñando a Xosefa de la vida social y dándo-y una visión del mundu onde nun cabíen los fastos nin el rellumbrón cortesanu.
   Destamiente vieno Xosefa de Xovellanos unos años a Xixón pa mirar poles propiedaes familiares. Marchó depués a Uviéu a casa d’una hermana, la condesa de Peñalba, y ellí llevó una vida piadosa, esmoleciéndose poles llaceries sociales, enfotándose personalmente n’instruir a persones desamparaes y faciendo obres de caridá social asgaya.
  Decidióse por fin (contra la firme voluntá del so hermanu) a facese monxa nel conventu de les recoletes de San Agustín, al pie mesmu de la casa onde naciera. Ellí había morrer el 2 de xunu de 1807, lluego d’una enfermedá agravada pol disgustu de saber al hermanu presu en Bellver.
   La obra de Xosefa de Xovellanos conocémosla gracies a la antoloxía publicada en 1839 por Caveda. Ellí apaecen, atribuides a “la señorita doña Josefa de Jovellanos” les siguientes pieces:

   —“Descripción de las funciones con que la villa de Gijón celebró el nombramiento del Excmo. Sr. D. Gaspar de Jovellanos para el ministerio de Gracia y Justicia”.
   —“Descripción de las funciones con que la ciudad de Oviedo celebró la coroncación de Carlos IV”.
   —“A las fiestas que se preparaban en Oviedo para la coronación de CarlosIV”.

   Nesa Colección atribuía-y Caveda a Antonio Balvidares el poema a “Las exequias de Carlos III”, qu’Álvaro Ruiz de la Peña diz ser obra de Xosefa Xovellanos. Asína, como propiu d’ella, apaez nes Poesíes de l’Argandona publicaes por Álvaro Arias Cabal en 1996 y na pulquérrima edición de la Obra poética completa, curiada y prologada por Xuan Carlos Busto y editada por Alvízoras en 1997.
   La primera autora de les nuestres lletres ye un exemplu perclaru de cómo llevaron los ilustraos a la lliteratura les sos idees. Per sobre too, pon l’acentu Xosefa Xovellanos nes desigualdaes sociales, nel absurdu d’esos opulentos festexos rexos col pueblu mísere y abandonáu que tenía delantre los güeyos.
RELACIÓN EN BABLE A LA PROCLAMACIÓN
DE CARLOS IV FECHA POLA CIUDÁ D'UVIÉU

  Muncho me fuelgo, compadre,
             afayate cabo en casa,
             que traigo que te contar
             arriendes d’una semana.
  Magar m’echó a’quisti mundu
             la madre de la mio alma
             ñin vi ñin cuidara ver
             cosa tan endremoniada.
             Daca acá el to tabaqueru,
echaré una fungarada,
             porque la mio garapiña
             escaecióseme en casa.
             Tan achochecidu estó       
             que ñon sé lo que me pasa.
 Por fuxir de la doctrina
             que’l mio cura predicaba,
             de dir el domingo a Uviedu
             tentóme la mala trampa,
             y mal apenes llegue
 fasta l’arcu qu’apiegaba
             con aquelles monxes prietes
             qu’enxamás salen de casa,
             cuando tanta de la xente
             perinda arriba anublaba,
       que parecín les abeyes
             cuando quieren fer la enxambra.
             Por aquel caminón nuevo
             que fasta Xixón llegaba,
             tantos vivientes fervín
      y tanta xente colaba,
             que parecía un formigueru
             cuandu daquién lu destapa.
                Quixe cuidar contra min
             si quiciabes Santolaya
       habrá baxadu del cielo
             y dirín a visitalla,
             o si nes santes reliquies
             se hubiés abrido aquella arca,
             que desde qu’Oviéu ye Oviéu
       ñon se vio descerraxada.
             Sea lo que for, dixe yo,
             que ñon m’importa migaya,
             y así dexéme de cuentos
             y, como quien va en volanda,
       a empuxones y emburriones
             llegué por fin a la plaza.
             Mas aquí (¡válame Dios!)
             toda la sangre se cuaya,
             respíguenseme los pelos
       y el fígado se trastaya.
             Allí un home s’aflaquez
             acullá utru s’estrapa
             y, todos entrepolados,
             naide de vivir cuidaba.
     Dixe yo si el día del xuiciu
             será naquesta semana.
             Mas como ñon había visto
             al antecristo ñin nada
             d’otres coses que nos llibros
       el mio cura arrellataba,
             volvióseme l’alma al cuerpo
             y tomé una polgarada.
             Vi tanto del cortinaxe
             por toda la balconada,
       que parecía el día del Corpus
             cuando’l sacramentu pasa.
             Vi allí puestu un talanqueru
             y por d’arriba una tapa
             que parecía el cobertixu
      que tengo na mio tenada.
             El revoltixu de xente,
             que ñon teñín sofitancia,
             apertáu me teñín
             como sardina en bañastra.
          Quixo Dios que dio las tres
             y cata aquí que s’entama
             una recua de señores
             estropellar pela plaza
             enriba d’unos borricos
       con tanta de la cintaya
             per enriba del focicu,
             del rabu y de la pelambra,
             qu’aunque ellos no estaben gordos,
             con aquellafiguranza
       poníanse ensoberbecíos
             bufando la espumaraxa
             (que en cuerpo del diablo entre,
             decía la mio Mariana).
             A lo postreru de todo,
       viene un señoretu en traza
             con un vestíu raxón
             y ena manu una palanca
             con un trapequín colgando
             que parecía moxiganga.
       Al par d’illi utru venía
             con la vestimenta llarga,
             una peluca canosa
             y una torga so la barba,
             y entrambos na talanquera
     se poxeron cara a cara.
             Estábense allí finsaos
             fasta que’l de la palanca
             entamó a un llau y a utru
             sacudilla y solmenalla,
     y al propriu tiempu illi solu
             a voz en gritu falaba.
             Dixo que’l rei y la reina
             era xente d’emportanza,
             todos dixeron amen
     y yo di una carcaxada.
             A isti tiempu (esto faláu)
             tanto ruxir de campanes,
             de tiros y d’escopetes
             esmarañó pela plaza,
     qu’acabé de sandecer
             sin poder falar palabra.
                 Apenes s’aposentó
             cuando vieno otra bandada
             de señores a caballu
     y otra tanta llistonada.
             A lo postreru venía
             ún tan llombríu de cara,
             tan endromáticu y tiesu,
             qu’a todos apovaraba.
     Tría al pie un par de mozacos
             con casaca engalionada
             y otro rodiáu de plumes
             que corría que volaba.
             ¿Será quizá d’allá riba
     d’onde se descuelga l’agua
             cuando llueve? Embaxador
             que viníes tres la embaxada,
             ¿de qué pal añu que vien
             tenremos meyor añada?
     ¡Malamán! Ñon será esto,
             sinón una patarata.
             Pero, sea lo que for,
             allá éllos–yos les habia.
             Aposóse del borricu
     y a la talanquera entama
             y, faciendo l’avenienza,
             de la palanqueta agarra.
             A mio ver el trapequín
             foi d’alguna valenciana
     del gloriosu San Cerbián,
             según se sopelexaba.
             Después d’esti emparamentu
             escaparen de la plaza
             y tanta xente tras ellos
     que quedóu fartu afloxada.
             Yo, que ñon quexi correr,
             como aquel que ñon fai nada,
             arriméme hacia les pipes
             per onde’l vinu manaba.
     Allené la mio montera y
             zampémelo ena panza,
             mas como yera tan floxu
             no m’escalentó migaya.
             Andaba a un lladu y a otru
     La xente empaporetada,
             sin que hombre nin muyer
             tratás de dir para casa.
             Da lluego qu’atapeció,
             tanta de la rellumbranza
     por todes partes había,
             que parecía de mañana.
             Sin saber lo que facía,
             fui allá cabo una casa
             que tenía tantes coses
     por toda la balconada,
             qu’a mio ver col xubiléu
             voltiósele la portada
             y col forru para fuera
             paró toda la xelada.
     Había allí tantes de lletres
             escribides como carta,
             falando de doña Luisa,
             de flores y rotilancia
             y otres muches engulemes,
     que’l diablu que les parllara.
             Estaben dos soldadones
             fiendo allí la espantayada,
             como si quiciaes el rei
             tuviera allí la morada.
     Adientro, nun portalón,
             había un fatu de canaya
             d’hombrucos y de muyeres
             que parecín de cuayada.
             Estaben tan mal vestios
     qu’enseñaben una ñalga,
             los codos y los cadriles.
             Sin falar una palabra,
             ñin travesaben bucáu
             ñin bebín gotera d’agua. 
   Si quiciabes teñín vida,
      
       comió–yosla la xelada.
             Fartéme d’estar mirando
             esta xente esblanquiñada
             y volví–yos la trasera
    dándo–yos una risada.
             Eché andar per ende alante,
             di comigo n’otra casa
             onde facíen tantu ruidu
             como hai nuna esfoyaza.
     Metíme nun rinconín
             amirar lo que pasaba.
             Vi tantes de señoretes
             con tanta emburuyetada
             enriba de la cabeza,
    que parecía una altabaca
             cuando les lleven a unfrir,
             y per detrás–yos colgaba
             tantos de los farrapiezos,
             que fasta el culo llegaba.
     Estaben elles argutes
             y bien bebides, en mi alma,
             collorades y parlleres y,
             cuando algún les miraba,
             rellambínse los dedicos
     y facínse la guiñada
             agarraes de les manes
             como xente rellocada.
             Tanto saltar y brincar
             no e cosa mui acertada.
     Dempués que me fartuqué
             de ver tanta rellumbranza,
             entrugué a un curaplayón
             que cabu min allí estaba:
             ¡Ah, señor! Agora diga
     si quiciaes la santa casa
             se ganó de los cristianos,
             qu’hai aquí tanta folgancia.
             Respondióme: —¡Calla, burru!
             ¿Ñon ves qu’esta emparayanza
     ye porque dixu’l corréu
             qu’hoi el rei se coronaba?
             ¡Vaya, vaya! dixi yo,
             que tan bona va la danza.
             Cuando cudié sobre min,
     vi que yá riscaba l’alba.
             Eché a fuxir como un cuhete
             y cuando llegué a mio casa
             entamó la mio Mariana
             roñar como una espritada.
     Non quixe tornar a Oviéu,
             aunque toda la semana
             los xastres y zapateros
             ñon daben una puntada.
             Fixeron mil perversures,
    mas diz que ñon valín ñada,
             e yo, como sou sesudu
             y hombre ansi de capa parda,
             ñon me paro ña poqueza
             qu’a otros munchos amoriaba.
     Adiós, compadre, que voi
             a estar ena mio quintana.
             Fasta el martes en La Pola,
             que vo a vender una vaca.
            

    


  De: Poesíes. Las exequias de Carlos III.  Proclamación de Carlos IV (1789–1790)